El famoso astrónomo Nicolás Copérnico fue parte central de la revolución científica del Renacimiento. El cambio de paradigma fue enorme, un verdadero giro, el "giro copernicano". Afirmó que la Tierra no era el "centro del Universo", sino que giraba alrededor del Sol. Por lo tanto, el hombre ya no era el centro de la creación. Una revolución científica. Llegaría más tarde la segunda revolución con Charles Darwin, cuando hacia 1859 publica El origen de las especies y concluye que el hombre no es una creación de Dios., desciende del mono. Éste fue el segundo golpe al orgullo humano. Y por último la tercera, de la mano del paciente en estudio, Sigmund Freud. La tercera revolución fue el descubrimiento del inconsciente y las nociones de la sexualidad que de él emergen. Una revolución que nace de la mente de un judío en una Viena católica y antisemita. Veamos cómo fue la gesta intelectual de este principio teórico revolucionario.

Con Charcot en París, Freud aprendió que con la hipnosis se podían generar síntomas histéricos en personas influenciables o modificar síntomas histéricos ya existentes. Es decir, la sugestión hipnótica podía hacer por ejemplo que a una persona se le paralizara un brazo. Freud pensó entonces en utilizar la hipnosis también como terapia, para eliminar síntomas al atender pacientes histéricos en su consultorio de Viena. Obtuvo algunos resultados, pero fue aún más allá, atendió por medio de la hipnosis a personas normales, no sólo a pacientes histéricos como lo hacía Charcot en París. Un viejo amigo de Freud, el Dr. Josef Breuer, ya trabajaba con hipnosis en Viena y de hecho discutieron casosterapéuticos en común. Con el tiempo, Freud abandonó el hipnotismo porque observó que muchos pacientes no podían ser hipnotizados, o bien porque se resistían a ello o porque las mejorías eran sólo transitorias. Por otra parte, Sigmund habría referido simplemente que la hipnosis no era una técnica con la cual se sintiera cómodo. Fue cuando Freud utilizó por primera vez el famoso "diván". Lo que hizo fue acostar al paciente, sentarse en la cabecera y apoyar su mano en la frente del paciente sin que éste lo viera directamente y así le formulaba preguntas logrando que se concentrara sin recurrir al hipnotismo. Con el tiempo, dejó de apoyar la mano en la frente porque consideró que influía autoritariamente al paciente impidiendo la libre expresión de éste. Es para esta altura de los acontecimientos, diván de por medio, cuando Freud dio nacimiento a lo que llamó "psicoanálisis" cursaba el año 1896.

Desarrolló un modelo teórico que intentaba explicar y describir la vida psíquica de las personas. La intimidad del ser, los porqués de nuestros actos, deseos, palabras, emociones, frustraciones, fantasías, sueños y nuestra sexualidad, por entonces fuertemente controversial y provocativa, como origen de nuestra vida anímica. Así avanzó sobre la teoría psicoanalítica también como herramienta terapéutica para resolver cuadros de neurosis, fobias, histeria y otros padecimientos psíquicos.

El nudo central de fundamento dela teoría psicoanalítica reconocía varios mecanismos s psíquicos fundamentales, como la existencia del inconsciente y el rol trascendente del desarrollo de la sexualidad en nuestro ser, tanto en la normalidad como en la patología psicológica. Estamos "conscientes" en ese período transitorio en el cual coinciden coherentemente nuestro mundo interno con el mundo exterior, el de los otros y de las cosas, en una interrelación coordinada y estable. Digamos, "la realidad". Como contrapartida, el "inconsciente" se circunscribe a un grupo de contenidos no presentes que permanecen escondidos y "reprimidos" en un oscuro cajón de la mente. El verdadero contenido de ese cajón cerrado del inconsciente no se hace evidente tal cual es, permanece "encriptado" y solo se manifiesta a través de nuestros actos, nuestras palabras, nuestras emociones, nuestros chistes, nuestros olvidos, nuestros actos fallidos y, también, nuestras neurosis. En su teoría, Freud también desarrolla una concepción metafórica de una suerte de lugares imaginarios en nuestra mente. Lugares o instancias con funciones propias y diferenciadas, el Ello, el Súper Yo y el Yo. El "Ello" es aquella instancia mas antigua y primitiva, que tiene que ver con lo más profundo de nuestro ser, con nuestras necesidades y deseos más ocultos y einconfesables. En otras palabras, nuestro instinto primitivo y animal, aunque para intentar humanizarlo se lo llame impulsos o pulsiones. El "Ello" tiene vida propia e independiente, funciona bajo un único principio o ley, "la del placer" y simplemente "desconoce la realidad". Es lo que al nacer traemos como heredado. Pero llega una instancia funcional que intenta alcanzar el equilibrio, el "Súper Yo". Este "lugar" en la mente, metafóricamente hablando, es el principio moral rector. La base ética como construcción y consecuencia maleable de la cultura correspondiente al grupo humano temporal y especialmente considerado. La ética y la moral no es la misma en distintas culturas y civilizaciones.

Pero siempre delimita y enfrenta al "Ello" en una batalla interminable por definición. Por último, la tercera instancia, el "Yo", como resultante funcional y dinámica de los dos anteriores. No es lo que somos, es lo que de nosotros se ve y ejecuta socialmente nuestra personalidad. En definitiva y en un esfuerzo infructuoso de síntesis, el "Ello" es lo que quiero, el "Súper YO" lo que debo y el "Yo" lo que soy.

Freud desarrolla en base a sus conceptualizaciones teóricas el método psicoanalítico como herramienta terapéutica. Herramienta que como médico no había encontrado en la clínica médica, en la neurología, ni en la cocaína. Freud asume que las entonces denominadas neurosis, como la ansiedad, las fobias, las obsesiones, la histeria, entre otras, eran resultantes de un procesamiento mental traumático de experiencias sexuales infantiles. Las muy diversas experiencias sexuales infantiles procesadas traumatizantes, tales como hecho posible de ver a la madre o al padre desnudos, presenciar el acto sexual de los padres, alguna experiencia de abuso, alguna experiencias homosexual infantil, etc., quedarían ocultas, "reprimidas" en ese cajón del inconsciente. Distintos mecanismos generarían una "resistencia" a que se hagan conscientes, es decir, que se recuerden como tales. Quedan entonces ahí, encriptadas pero no inactivas, no son inofensivas. Por el contrario, la manifestación de "esa comida psicológica mal digerida" no es el recuerdo de la experiencia, que de hecho está reprimida, sino sus manifestaciones externas a través de síntomas neuróticos o enfermedades. El paciente tiene los síntomas, pero ignora su origen. El tratamiento psicoanalítico tiene la tarea de reconstruir el pasado de esa experiencia trayendo ese recuerdo al consciente y procesarlo, convenientemente, en la actualidad. Una suerte de "cura de empacho" psicoanalítico. Freud se colocaba tras el diván y le proponía al paciente que hablara, que hablara lo que quisiera, aunque fueran sólo palabras sueltas, conceptos aislados, lo que le viniera en gana, lo que surgiera espontáneamente sin ataduras, sin críticas, algo importante o algo trivial, algo lúcido o absurdo, por ejemplo casa, mamá, padre, sexo, masturbación, poder, miedo, odio, amor, rencor, El terapeuta escuchaba con atención sin ser visto y sin intervenir, prestaba mucha atención, una tención activa pero expectante, lo que Freud llamaba "atención flotante". El cajón oscuro del inconsciente no deja salir la experiencia reprimida, pero tiene orificios, filtraciones y fisuras por donde escapan palabras sueltas, aparentemente inconexas, que Freud ayudaba a asociarlas hasta encontrar el sentido, la coherencia, la experiencia del pasado que mal procesada en su momento es el origen de los síntomas. Al hacerse consciente el pasado traumático, el paciente tiene la oportunidad de reprocesar, rectificar y reformular la experiencia que enquistada en el inconsciente provocaba su enfermedad psíquica. Así, la reorganización del curso del pensamiento causa alivio.

Muchos son los aportes intelectuales que el paciente hizo en su productiva vida al pensamiento en general y a la psicología en particular. Uno, entre otros tantos, fue arrojar luz sobre el hijo del Rey Layo y la Reina Yocasta: Edipo.

Historia Clínica 2, López Rosetti, Daniel, página 64

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