POR MARIANA IGLESIAS / DIARIO CLARIN. 4 de mayo de 2014

Según los expertos, bajó el umbral de tolerancia ante problemas cotidianos. Hay hospitales que ya abrieron consultorios para tratar los ataques de enojo. Las claves.


La ira es una emoción básica y tan antigua como el ser humano mismo. Pero parecería que en estos tiempos hay un clima generalizado de intolerancia y exaltación que lleva a situaciones de agresión y violencia irracional. Justamente en el ataque de ira lo que está bloqueada es la razón, la capacidad de pensar. Estas reacciones preocupan, sobre todo por sus consecuencias, y esto se ve en las consultas. Hay hospitales que abrieron talleres para enseñar a manejar la ira. En la terapia también aparece el tema que, dicen los especialistas, se puede tratar.

"Hay un claro aumento de ira. Los pacientes refieren más eventos de ira en su vida cotidiana.

El umbral en que se desata la ira parece ser más bajo que en otras épocas ", dice a Clarín Daniel López Rosetti, coordinador del gabinete de Medicina del Estrés y Psicobiología del Hospital Central Municipal de San Isidro, donde existe desde hace un año el PROMES, un programa para tratar estos temas, y ya hay 500 personas en tratamiento. En los hospitales Pirovano y Tornú también se abrieron talleres para el manejo de la ira y las emociones.

 

 

La ira, explican los especialistas, es una reacción extrema frente a un acontencimiento que no merece tal reacción. Es un reflejo automático que no pasa por la conciencia, que es la que dimensiona la reacción. "La ira es una expresión básica que el hombre usó desde la prehistoria para defender su territorio, su prole. Es física, ya que eleva la presión sanguínea, la frecuencia cardíaca, el tono de la vos. También produce modificaciones sanguíneas que son sustancias dañinas para el cuerpo. La gente, en una situación así, triplica sus posibilidades de infarto y muerte súbita. Es decir, la ira no sólo hace daño a otro sino también a uno mismo", explica López Rosetti.

"El incremento de las expresiones de ira es reflejo del clima social. Asistimos al resquebrajamiento del lazo social y de la persona. Esto lleva a la anomia, se pierde la cohesión social y se desmoronan los valores que permitían un contrato social de convivencia. Ante la anomia, la persona se siente marginada, impotente y su reacción puede ser de ira y violencia como respuesta equivocada. La ira es el fracaso de la posibilidad de resolución de conflictos por vía de la palabra en un contexto de lesligazón social y pérdida de sentido grupal", dice Juan Eduardo Tesone, psiquiatra, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

Otro psicoanalista, Harry Campos Cervera, sostiene que "la sociedad está regresiva. Si no hay orden ni contención, la persona se siente desvalida, que debe defender su territorio. Ocurre cuando hay una situación de anomia. La sensación es de 'sálvese quien pueda', los intereses colectivos quedan eclipsdos, hay una vivencia de amenaza".

Cecilia Fidanza, de Piscólogos de Buenos Aires, agrega otros condimentos: "La sociedad incita cada vez más a las satisfacciones personales por encima del bien de toda la comunidad. Así, si el otro hace algo que limita mi propia satisfacción, posiblemente lo perciba como un ataque. No aprendemos ni enseñamos a tolerar la frustración que sentimos al no satisfacer instantáneamente los deseos. Además, las situaciones de alto estrés diario, como la vida acelerada, las dificultades para llegar a los puestos de trabajo o las preocupaciones económicas, tienen mucho impacto en las personas y las hace más vulnerables, más ansiosas y eso facilita que muchas sientan enojo o incluso ira".

No siempre la consulta es tan directa, a veces se llega por las consecuencias que provocan estas reacciones, como explica María Cristina Castillo, psicoanalista de la Institución Ulloa: "El adulto no suele ser consciente de su ira, muchas veces consulta por sus efectos sobre su vida cotidiana en relación a las pérdidas: quedarse solo, peleas con la familia, situaciones laborales que terminan mal y de las cuales responsabiliza a los demás. Es un buen momento para apostar a la palabra y generar dispositivos para que el malestar se transforme y descomprima su carga de odio".

¿Cómo no llegar a esos episodios? "Empezamos por enseñar qué es la ira, porque no se puede combatir lo que no se conoce", explica López Rosetti. Y plantea preguntas para hacerse sobre el enojo: ¿Vale la pena? ¿Es útil? ¿Es para tanto? Y se dan herramientas. "En el hospital tenemos frascos con pastillas. Algunas dicen 'contar hasta 10'. Otras 'contar hasta 100'. También tenemos pastillas de 'No', otras de 'Proyectos' y también de 'Actividad Física'. "Claro que no es bueno guardarse la bronca, pero mucho peor es extrovertirla con ira. Hay que sacarla pero en forma no dañina, a través del diálogo. La clave está en diferir la respuesta".

También en la contención y la educación de los primeros años. "La forma en que se expresa la ira, su manejo y su control están íntimamente relacionados a la educación, a los límites, al aprendizaje. Las formas de expresión de las emociones que manifiestan los adultos moldean las conductas de los niños -explica Alejandra Landoni, psicóloga de Prisma-.

Los niños y los adolescentes son reproductores de conductas, y lo que reproducen son los modelos de los adultos familiares, educadores y sociales. Para que los mecanismos de control de las emociones se desarrollen, es necesario que los primeros agentes de formación en la vida de un ser humano cumplan su papel, acompañando a sus hijos en las necesidades físicas y emocionales, enseñándoles a decodificar sus emociones, a expresarlas por vías y formas adecuadas".

Desarrollar la inteligencia emocional. Eso. Y sino, como decían las abuelas, hay que contar hasta 10.

Joomla! meta tags