Extraído del libro “Historia Clínica” del Dr. Daniel López Rosetti de Editorial PlanetaHisoria Clinica libro

 De la septicemia al Sur 

La obra de Borges es fuertemente autobiográfica. El barrio de Palermo con sus matones y cuchilleros, que le resultaban amenazadores cuando vivía aislado al abrigo de su casa, sería más adelante fuente de inspiración para su fértil creatividad: la realidad de su vida se entrelazaría siempre con su ficción. Siempre ha sido así, en la salud como en la enfermedad. Sobre el final de 1937 el padre de Borges sufrió un accidente cerebrovascular que le dejó una hemiplejía izquierda, esto es, no podía mover el lado izquierdo de la cara ni el brazo ni la pierna izquierda. Tenía 64 años y ya estaba completamente ciego. Borges escribió el cuento “El otro” recordando la imagen de la secuela neurológica de su padre: “La mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante”. Esta descripción hace referencia a la condición anatómica de la mano izquierda, que en el caso de una hemiplejía izquierda, termina hipotrófica o de menor tamaño por la falta de actividad.

Borges recuerda que el 8 de enero de 1938 comenzó a trabajar en la biblioteca pública Miguel Cané del barrio de Almagro. Desde el primer momento se mostró sorprendido por la cantidad de empleados, alrededor de cincuenta, ya que evaluaba que con quince hubiesen sido suficientes. Comenzó desempeñándose como “catalogador”, pero debido a que las colecciones de la biblioteca eran escasas le sobraba tiempo. Recuerda que realizaba su trabajo de manera honesta y dedicada cuando un día los compañeros lo llamaron aparte para recriminarle la eficiencia de su tarea, haciéndole saber que de ese modo quedarían todos sin empleo y que en consecuencia debía racionar su trabajo para hacerlo mas lento. Fue así que Borges aprovechó el tiempo sobrante para leer y escribir en el sótano o en la terraza de la biblioteca si hacía calor. En la mañana del 24 de febrero de 1938, su madre lo llamó telefónicamente a la biblioteca para avisarle que su padre estaba muriendo porque el “aneurisma se había complicado” y le quedaban pocas horas de vida. Llegó a tiempo para verlo morir, conmoviéndose por la estoica dignidad con que afrontó los últimos minutos. Poco después Borges dejaría en un manuscrito sin corregir un poema fechado en 1938 junto con el dibujo de un árbol grande que guardaba relación con la imagen de fuerza y grandeza que le inspiraba su padre: 

Te hemos visto morir de pie,
dando frutos, como mueren los valientes,
te hemos visto morir con el tranquilo
ánimo de tu padre entre las balas.

         Borges compara aquí la muerte de su padre con la valentía en la que muere en batalla su abuelo, el coronel Borges.

         La muerte de su padre no sería el único evento de naturaleza neurológica que alcanzaría a Borges. En la Nochebuena de ese mismo año, Borges fue a buscar a una amiga a su departamento en la calle Ayacucho, cerca de donde él vivía por entonces, para acompañarla a cenar con su madre. El ascensor no funcionaba y subió corriendo por las escaleras, pero a causa de la pobre iluminación y tal vez facilitado por la escasa visión  de los miopes cuando las condiciones de luminosidad son insuficientes, Borges golpeó su cabeza contra el borde del marco de una ventana recién pintada que estaba abierta, si bien fue atendido y recibió los primeros auxilios, la herida se infectó y permaneció en cama por una semana con fiebre y alucinaciones. Una noche, el cuadro clínico se complicó, perdió el habla y fue internado de urgencia en un hospital donde lo intervinieron quirúrgicamente. La infección se había diseminado provocando un contagio generalizado, cuadro que por el momento recibió el diagnóstico de “septicemia”.

Durante aproximadamente un mes, el estado clínico fue de riesgo para su vida. Cuando se recobró, temió haber perdido parte de sus habilidades mentales y en consecuencia no poder escribir nunca más. Cuenta Borges en su autobiografía que su madre quería leerle un libro que él le había encargado –Out of the silent planet de C. S. Lewis- pero postergó la lectura por dos o tres días. Finalmente la madre comenzó a leérselo y Borges comenzó a llorar. Ella le preguntó por qué lloraba y él contestó “lloro porque entiendo”: se había emocionado al tomar conciencia de que su comprensión se encontraba intacta. Poco después temió no poder escribir más y no se animó a escribir ningún poema ni ningún tipo de artículo literario. Debido a ese temor es que decidió escribir algo distinto de lo habitual,  el cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, que fue publicado en Sur, la revista que impulsaba Victoria Ocampo.

Tiempo después, escribió el cuento “Sur”, donde, acorde a su tendencia autobiográfica, relata cómo su protagonista, Dahlmann, tiene un accidente que no sólo es la descripción de la vivencia neurológica que presentó sino además una descripción excelente del cuadro clínico:jorge-luis-borges1 

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dhalmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las mil y una noches de Well; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien  se olvidó de cerrar le había hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las mil y una noches sirvieron para decorar pesadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exageradas sonrisas le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dhalmann, en el coche de plaza que lo llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron, le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo.

Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación, pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió y odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó  a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante  previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó. 

Difícilmente una descripción más acabada de las vivencias neurológicas y emocionales del propio estado de “estupor y alteración del nivel de conciencia” de un cuadro infeccioso de septicemia. La descripción de Borges cabalga magistralmente entre la fantasía y la vivencia neurológica emocional que acompañó a su cuadro de septicemia. Nuevamente, lo autobiográfico se imponía en la ficción de Borges.

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